Marzo y casi abril se quedaron sin Jueves Inmunológico. Hubo decisiones que tomar y momentos felices que la vida trajo sin avisar. Este espacio no desaparece — solo espera su momento. Y hoy, en el último jueves de abril, ese momento llegó.

Hay decisiones que uno toma con la cabeza, meditadas, razonadas, con ejercicio dialéctico y todo. Pero hay otras que no pasan por ahí. Esas que salen del estómago, que el sistema nervioso toma antes de que la mente procese siquiera lo que está pasando. Esas también son decisiones. Tal vez las más honestas.

En la escuela aprendemos los sistemas del cuerpo: digestivo, renal, nervioso. Del sistema nervioso recuerdo esa imagen de ramitas interminables por todo el cuerpo, conectadas desde la punta de los pies hasta la cabeza.

En el colegio, no percibí que fuese un sistema tan importante. No tenía un órgano “visible” como el corazón o el riñón (Claro, hacía conexión con el cerebro, pero – en ese momento – no recuerdo ninguna alerta encendida). Creo que antes no se le daba el mismo peso. Hoy, la medicina y las últimas investigaciones, lo pone en otro lugar: el sistema nervioso autónomo regula desde el ritmo cardíaco hasta las respuestas emocionales, el sueño, la digestión, la inflamación. (La medicina funcional lo pone de foco) – Ya pronto les contaré mi experiencia en el IMF.

Hoy, este sistema es entendido como el director de orquesta del cuerpo.

Y cuando ese director lleva demasiado tiempo operando en modo supervivencia, algo se rompe. El año pasado, mi reumatóloga tomó la decisión de interrumpir mi tratamiento inmunológico. No porque el diagnóstico hubiera cambiado (de hecho iba funcionando sin efectos secundarios), sino porque mi cuerpo estaba pasando por algo que lo hacía imposible de continuar: un burnout.

Yo era de las personas que creía que el burnout era solo “estrés acumulado”. Que con un viaje o un fin de semana largo se resolvía. Otros lo conocen como un Surmenage, la verdad es que escuché ese término tantas veces… Que hice una idea clara: “eso les pasaba a personas que no sabían organizarse, o que no les gustaba lo que hacían y se quejaban demasiado”.

Qué equivocada estaba!! Y hago esta entrada para quien subestime el escenario. Para quien todavía esté a tiempo de anticipar y evitar un mal momento.

El burnout es una patología real. La OMS lo reconoce oficialmente en la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE-11). No es debilidad. No es mal manejo del tiempo. Es el resultado de un estrés crónico que el cuerpo y la mente no pudieron procesar, y que terminó alterando el sistema nervioso de forma profunda. Lo que más me importa contarles hoy es esto: el burnout tiene cinco niveles.

Y la mayoría de nosotros pasamos por uno o dos de ellos en algún punto, sin siquiera saberlo. El peligro es cuando no paras, cuando justificas cada nivel, cuando te vas de viaje y bajas un poco y subes de nuevo y así, oscilando, sin nunca llegar a reconocer que estás en ruta al nivel cinco.

Las cinco etapas:

1: La luna de miel

Alta energía, compromiso, entusiasmo. Todo parece posible. Aquí puede aparecer la autoexigencia sin que te des cuenta: asumes más de lo que puedes, y niegas el cansancio.

2: Aparición del estrés

Algunos días se sienten particularmente pesados. El tiempo personal se reduce. Hay irritabilidad, dificultad para desconectar, sensación de que el esfuerzo no es reconocido.

3: Estrés crónico

El cambio se vuelve evidente. El cuerpo empieza a hablar más fuerte: dolores de cabeza, insomnio, problemas digestivos, aislamiento social. El rendimiento cae. Las emociones se adormecen.

4: Burnout

El sistema nervioso lleva demasiado tiempo en modo supervivencia. Aparecen la apatía, la desesperanza y la resignación. La persona “no ve salida”. Aquí la depresión y la ansiedad pueden volverse clínicas.

5: Burnout crónico — el nivel que no se puede ignorar

Colapso físico y emocional severo. Pueden aparecer enfermedades psicosomáticas, crisis de ansiedad, depresión profunda, y en casos extremos: ACV, arritmias, colapsos que el cuerpo produce porque ya no encuentra otra forma de forzar la parada.

Hablo de esto en este blog porque no es ajeno al mundo autoinmune. Todo lo contrario. El estrés crónico y la desregulación del sistema nervioso tienen un impacto directo sobre el sistema inmune. Lo que vive en la mente y en las emociones no se queda ahí: se traduce en inflamación, en exacerbaciones, en síntomas que el médico no puede explicar con los exámenes del momento.

Yo no procesé el duelo de perder a mamá al ritmo que mi cuerpo necesitaba. Seguí adelante, seguí trabajando, seguí siendo funcional para el mundo, mientras (pasaban más cosas personales) por dentro el sistema nervioso iba acumulando lo que yo no quería ver.

El cuerpo se cansa de mandar señales. Y cuando no le haces caso, empieza a gritar.

Algunos tienen la suerte de que ese grito sea una urticaria que los manda a urgencias o un pánico controlado, un colapso nervioso puntual… (como yo con harta suerte). Otros no la tienen, ya ven el caso de @aziel_medica…

Por eso esta entrada. Porque si estás oscilando entre niveles, justificando cada uno, diciéndote que ya mañana descansas: para.

Escucha.

El cuerpo tiene su propio lenguaje y lleva tiempo hablándote. Escuchar al cuerpo no es solo hacerse exámenes o tomar el tratamiento. Es también atender lo que sientes. Lo que no has procesado. Lo que pospones porque parece menos urgente que todo lo demás.

Escuchar al cuerpo incluye la salud mental. Siempre.

El sistema nervioso no distingue entre un tigre y una reunión de trabajo. Responde igual: en modo supervivencia. Y nadie puede vivir en modo supervivencia para siempre.”

Ahora estoy bien. Muy bien. Siendo cada vez más fiel y más oyente de Dios y de mi cuerpo.

Prueba de ello es esta entrada. Escrita el último jueves de abril. El cuerpo pidió: escribe hoy. Y aquí estamos.