¿Tratamiento médico? Confiar con cabeza fria

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Ya hemos hablado sobre lo complicado que es vivir sin diagnóstico y una vez que lo logramos y accedemos a uno, empieza la segunda etapa de toda condición médica: confiar con la cabeza fría en el señor tratamiento.

Y quiero abordar este tema porque las enfermedades son un hilo largo y tedicioso sin duda, que prueba la confianza y la paciencia del afectado y de su familia.

– Sí, en este blog no vamos a romantizar las condiciones médicas. Es mejor verlas y enfrentarlas como quien coge al toro salvaje: ¡Por las astas!-

La idea es compartir mis percepciones, mientras también transito por llevar de la mano la repetición autoinmune. Echamos porras con cabeza fría.

Repito: cabeza fría porque es el mensaje central de este post. El que quiero que se lleven.

Cuando el médico (el que tuvo la gentileza de ver más allá de lo evidente, mean… el que finalmente te diagnostica) te da el tratamiento, lo hace desde su conocimiento pleno y juicioso de la condición y desde la convicción de que su paciente va a mejorar. No lo dudo. Hay excelente médicos. Pero también hay mucho ego en el médico cuando apunta a un tratamiento . Como un pequeño síndrome de Superman médico-profesional.

Incluso, los médicos buscan compartir su entusiasmo (en alguna medida) con el tratamiento. Claramente es lo que hace: tratar de solucionar el problema, y tener la solución entre las manos es especial para el Ego. Entusiasmo y esperanza científica, sin duda, sin embargo, los tratamientos dependen mucho de cada cuerpo y como estos reaccionan a los temidos “efectos secundarios”.

No todos los médicos son claros y detallistas con la parte fea del tratamiento (porque sí, la medicina tradicional siempre tiene efectos secundarios, algunos no tan difíciles), pero es importante identificarlo todo. Saberlo no necesariamente hará que sea peor. Tener claro el mapa con la debida inteligencia para no entrar en sicosis).

Mi reumatóloga decidió usar la terapia biológica en 5 segundos. Vió mi gamagrafía y ni siquiera esperó la próxima cita de lectura de resultados, me llamó (recuerdo que era las 4 de la tarde) y simplemente dijo: “Confirmado tienes una condición autoinmune y empezaremos con terapia biológica en tres meses”. No era la llamada ganadora, eso me asustó un 100%.

Le solicité en cada cita previa al tratamiento que sea muy específica con los efectos secundarios del Biológico. Ella, al inicio quizó ser muy netral en decirme que no se podían identificar todos los efectos porque dependía de mi cuerpo y como este iba a reaccionar.

Eso incrementó muchísimo el miedo. Primero porque la etapa previa al biológico, implicó vacunarme para enfermedades que ni sabía que existían. Usé mascarilla y me aterraban los lugares públicos con mucha gente (miedo superado al 97%) y lloré muchas veces por temor a que el remedio sea peor que la enfermedad. Era un miedo válido. Fue mi investigación. Fiel a mi yo “investigadora”. Pregunte y leí mucho sobre la terapia biológica, incluso me entreviste con personas que ya llevaban este tratamiento y así construir el bosquejo de mapa.

Los biológicos pueden bajar las defensas y la verdad es que uno siente que está entrando a una especie de tómbola donde no sabes exactamente cómo va a reaccionar tu cuerpo. Después de años viviendo síntomas, buscando respuestas y probando medicamentos, confiar no es automático.

El tratamiento me ayudó muchísimo con la psoriasis. No tanto con el dolor articular, que sigue siendo una batalla más compleja, pero sí hubo cambios reales que me devolvieron calidad de vida.

Después vino el episodio del que hablé hace unos meses. Mi sistema nervioso estaba completamente agotado y mi médico me recomendó suspender temporalmente el biológico. Y aunque me asustaba dejarlo, también sentí alivio. Después de todo el biológico bajaba mis defensas y descansar de este, parecía no tan mala idea.

Durante el tiempo que suspendí el tratamiento, mis uñas volvieron a dañarse y si añoré regresar a la terapia biológica. Ahora que retomé el tratamiento, porque finalmente mi sistema nervioso está mejor y puedo volver a someter a mi cuerpo a este proceso, todo reaccionó increíblemente bien otra vez.

Y eso me hizo pensar mucho en que aceptar un tratamiento no debería basarse ni en miedo ni en fe ciega.

Es fundamental cuestionar a los profesionales y educarse a conciencia, pero sin caer en la paranoia. No duden en preguntar a sus médicos y leer todo lo necesario, manteniendo siempre la calma. Recuerden que el cuerpo es suyo y la responsabilidad de medir los riesgos también.

CONFIAR con cabeza fria.

Abrazo!

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