Los Protocolos médicos no son a prueba de balas

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Nadie esquiva un mal diagnóstico. Ni siquiera las personas que parecen hechas de hierro.

Quiero contarles cómo lo que parecía un simple desgarro muscular terminó siendo un herpes zóster. Y cómo incluso mi papá, que jamás toma pastillas, se rendía a los fármacos, por un dolor agudo sin razón aparente.

Papá pertenece a esa generación que cree que el cuerpo “aguanta”… y una buena hierba lo alivia todo. Come bien, duerme temprano, hace todo en orden y su cuerpo parece de hierro. El tipo de persona que convierte tomar una vitamina en un evento extraordinario. Honestamente, crecí pensando que era inmune a cualquier cosa. Un espécimen clínico premium fabricado para hacer sentir culpa colectiva a quienes cenamos pan con algún acompañamiento exótico y terminamos en emergencia por indigestión.

Papá empezó con un dolor fortísimo en el antebrazo izquierdo. Pensamos que era muscular. Después de todo, eso era lo lógico, con dos perros grandes con fuerza de boxeador. (recuerden mi episodio violento con Lolo). El dolor aumentó tanto que terminamos desfilando por tres médicos cada uno aplicando su mejor protocolo: traumatología, reumatología e infectología. Fuimos incluso hasta el huesero, porque cuando alguien que nunca se queja empieza a doblarse del dolor, toda la familia entra en modo “probar cualquier cosa que funcione”.

Y ahí entendí algo importante: el cuerpo no siempre sigue el manual.

Durante varios días solo existía el dolor. No había erupciones, no había señales claras. Recién después de casi cuatro días apareció un sarpullido exactamente en la zona donde le dolía el brazo. Y ese sarpullido prácticamente gritó: herpes zóster.

Lo que parecía un desgarro terminó siendo una reactivación viral. Una enfermedad asociada muchas veces al estrés, a la edad y al sistema inmune. Los síntomas no eran “de libro”. Y eso pasa muchísimo más de lo que imaginamos.

Felizmente el caso de mi papá fue considerado leve a moderado y respondió bien al tratamiento. Hoy está mucho mejor. Y tuvimos muchísima suerte de que no comprometiera nervios más complejos, como los de la cara o el ojo. Porque el dolor neuropático del herpes zóster no se parece al dolor muscular normal. Es otra cosa. Incluso papá, enemigo histórico de las “amigas pills”, terminó redimido frente a los medicamentos después de descubrir que el cuerpo humano no siempre se arregla con voluntad y sopita caliente.

Y lo más impresionante es que los médicos nos dijeron que existen casos muchísimo peores.

Tal vez por eso esta experiencia me golpeó tanto. Porque me recordó demasiado a mi propio proceso.

A mí me tomó tres años llegar a un diagnóstico. Tres años de síntomas dispersos, respuestas parciales y consultas demasiado cortas para explicar todo lo que estaba pasando. Tres años escuchando versiones distintas, minimizaciones involuntarias y ese clásico “debe ser estrés”, que a veces funciona como el comodín favorito de la medicina moderna cuando el cuerpo no encaja rápido en una casilla.

Con el tiempo entendí que ser un paciente activo no significa pelearse con los médicos ni creerse egresado de Tiktok University con mención en enfermedades terminales imaginarias. Significa observar tu cuerpo, registrar síntomas, hacer preguntas, pedir segundas opiniones y entender que nadie vive dentro de tu cuerpo más que tú.

Y también entendí otra cosa: a veces hay que seguir preguntando hasta que el ego del médico se agote y finalmente te derive con otro especialista. Porque aunque existen médicos extraordinarios, también hay sistemas de atención donde muchos profesionales terminan trabajando bajo protocolos automáticos, viendo pacientes como si fueran tickets de soporte técnico con tiempo límite de resolución.

Cada organismo reacciona distinto. Lo que en una persona parece cansancio, en otra puede ser inflamación, una infección o el inicio de algo más complejo. Por eso automedicarse, minimizar síntomas o aguantar “hasta que pase” no siempre es valentía. A veces solo retrasa respuestas importantes.

Y aprovecho para decirles algo importante: vayan a ver a sus papás.

El herpes zóster es mucho más frecuente en personas mayores de 60 años y existe una vacuna que ayuda a prevenirlo o, al menos, a evitar las complicaciones más severas. Nosotros ya dejamos agendada la vacuna de papá. Y, felizmente, antes de empezar mi tratamiento biológico también me vacunaron contra la “conocida” herpes zóster. A veces las vacunas no solo previenen enfermedades. A veces literalmente te ahorran sufrimiento.

Escuchen a sus cuerpos. Pero también escuchen a sus papás cuando dicen “solo es un dolorcito”, porque claramente esa generación piensa que morirse discretamente sin molestar es un rasgo de personalidad.